(Escrito originalmente el 21 de abril de 2011) La semana pasada se cumplieron 15 años de la muerte de mi madre, evento que sin duda ha sido lo más doloroso que me ha pasado en la vida. La fecha exacta nunca la recuerdo, el mes, por desgracia nunca lo olvido. Jamás he contado el proceso que viví, lo qué sentí y cómo cambió mi vida desde entonces, así que si tienes tiempo y ganas, ahí va:
Todo pasó cuando tenía 11 años, solía visitar frecuentemente la casa de unos tíos en donde me quedaba a dormir de forma regular. En el momento donde empezó el problema me encontraba con ellos, mi hermana, cuatro años mayor que yo, había viajado a Guadalajara a visitar a mis abuelos paternos, mis papás estaban solos en casa.
Recuerdo levantarme por la mañana, prender la televisión y ponerme a jugar Nintendo, mis tíos salieron apresurados de la casa, no me comentaron nada, sin embargo, regresaron muy pronto, se sentaron en el sillón que se encontraba a mi espalda pidiéndome que les pusiera atención porque tenían que decirme algo muy importante. Viéndome fijamente me comentaron que mi madre había sufrido un derrame cerebral y que estaba siendo intervenida, les pregunté que si estaba bien y me respondieron que ya la estaban atendiendo (una evasiva). Así que me quité la pijama y salimos de la casa rumbo al Hospital. Al llegar me encontré a mis abuelos y a mi papá, seguramente había más personas, pero no lo recuerdo.
Mientras la operaban iban llegando más familiares, casi todas sus hermanas estaban presentes y algunos de mis tíos y tías paternos. El ambiente en general era tenso, los ahí presentes entendían la gravedad del asunto, yo en realidad no mucho, porque en el fondo creía que las cosas iban a salir bien ya que se estaba haciendo todo lo posible por salvarla. La atendieron los mejores médicos disponibles y estábamos en un buen hospital, lo que para mí era suficiente para tener fe en que todo iba a salir bien.
El tiempo pasaba, mientras tanto, uno de mis primos que estudiaba medicina y que se encontraba presente en la operación, salía frecuentemente para decirnos los avances. No recuerdo el tiempo que duró, pero para mí fue mucho.
Cuando la pasaron a terapia intensiva nos permitieron entrar a verla, la situación era tan delicada que uno de mis tíos (tengo más de 20 de lado paterno) quien era uno de los fundadores del hospital y uno de los mejores doctores de México, solicitó que nos dejaran entrar a mi hermana, a mi papá y a mí cuando quisiéramos, no solo en las horas de visita. Yo en ese momento entendí eso como un gesto de cariño, que en realidad lo fue, pero que también era muy indicativo de la gravedad de lo que se estaba sucediendo.
La primera vez que la vi después de la operación fue algo impactante, nunca antes había visto a mi mamá en ningún hospital ni a alguien en esas condiciones. Se encontraba acostada, con el respaldo de la cama ligeramente levantado, rodeada de medicinas y conectada a un respirador, pero lo que para mí era más impactante era el hecho de que la habían tenido que rapar del lado derecho de la cabeza donde la habían operado. Mi mamá siempre fue una mujer muy guapa, sin embargo, en esas condiciones me imaginaba que se pondría triste cuando se diera cuenta que le habían tenido que cortar el pelo para poderla operar, por eso siempre que entraba a verla me quedaba parado del lado izquierdo para no verla así.
Las horas transcurrieron, mi hermana llegó junto con mi abuela paterna y naturalmente con ello el sentimiento de tristeza se reavivó. Pasaron algunos días y la situación empeoró con un segundo derrame, doctores de todos lados y conocidos de todo el mundo iban y venían. Yo entraba con frecuencia a verla, algunas veces solo, otras veces acompañado. No podía decirle otra cosa más que te quiero mucho, tenía ganas de abrazarla (algo que hacía dos millones de veces al día) pero naturalmente no podía, así que me conformaba con agarrarle los pies y las manos. Según yo me respondía, pero eran únicamente espasmos.
La última vez que la vi varios doctores entraron y me pidieron que me saliera, ya en alguna ocasión me había ocurrido eso, así que no lo vi como algo raro. Bajé con uno de mis tíos a un jardín donde ahora es un helipuerto. Minutos después, bajó mi papá para avisarme que mi mamá había muerto. Lloré mientras mi tío y mi papá me abrazaban, el sentimiento fue intenso, pero nunca comparable con lo que se siente cuando te el día a día, ahí es cuando en verdad se sufre.
¿Qué ocurrió después? Los familiares y amigos de la familia se volcaron sobre mi hermana, mi papá, mis tías, mis abuelos y sobre mí. Recibí condolencias y cariño hasta la saciedad. Velamos el cuerpo y uno de mis primos de 14 años le cantó una canción que mi mamá le había hecho prometer que le cantaría en caso de que falleciera.
Llevamos las cenizas a la iglesia, yo entré con ellas y las puse sobre la pequeña mesa que designaron para ello. Quién diría que por cuestiones de la vida haría lo mismo 14 años después con las cenizas de mi abuela a quién quise como a mi madre.
Pasaron las misas correspondientes, las reuniones familiares y todo tuvo que regresar a su rutina diaria. Ahí fue cuando en realidad empezó lo más difícil. De un momento para otro tuve que aprender a vivir con alguien que hasta ese momento era el encargado de regañarme cuando me portaba mal, no con quien yo estaba más apegado. Eso fue difícil, pero con el paso del tiempo tengo que reconocer que mi papá puso mucho de su parte para que pudiéramos convivir. Mi relación con mi hermana se hizo mucho más fuerte, la pobre asumió un rol que no le correspondía y se dedicó a mediar entre mi papá y yo, pero, sobre todo, a cuidarme (hasta la fecha lo hace).
Regresé a la escuela, pasé de ser un alumno común a ser el pobrecito que se le había muerto su mamá, lo cual no quiere decir que implica que te traten mal, pero las cosas son diferentes.
Dejé de dormir bien y conocí los inexistentes placeres de la gastritis, mi dieta se basaba en manzanas y mi mejor amigo durante años fue el Ranisen. De ahí que hasta la fecha coma poco y muy, pero muy lento.
Me empezaron a dar ataques de ansiedad que no entendía que eran, sentía que literalmente me moría. Me faltaba el aire, no podía convivir con la gente y así duré algunos años. ¿Qué si fui a terapia? Sí, no me funcionó.
Una de las cosas más extrañas en mi duelo fue que en mi mente le prometí a mi mamá dejar de usar pantalones de mezclilla y no comer sopa durante 13 años, lo cumplí. Lo primero fue porque ella, siempre decía que su hijo tenía que ser “el más guapo de la fiesta” y no había evento en el que no acabara días antes en alguna tienda con ella comprándome trajes muy caros para mi edad, así que decidí no volver a vestirme de forma “casual”. O me vestía bien, o mal, pero eso de lo intermedio no existía para mí. Lo de la sopa fue simple rebeldía, porque siempre me decía “cómete la sopa”.
Con el paso de los años la angustia se fue y comencé a aprender a vivir con el dolor. ¿Qué si me hace falta? Mucho, no hay día en el que no me acuerde de ella y piense en lo que me diría o qué haría. Su presencia la encuentro en todos lados, no solo en lo material, sino en las personas que la conocieron. Gran parte de lo que le gusta a la gente de mi es por consecuencia de lo que aprendí de ella, pero, sobre todo, al morir me regaló a sus papás y hermanas quienes me adoptaron y trataron como otro más de sus hijos. Creo que esto último es lo más valioso de todo el asunto. De ahí que valore tanto el cariño de las personas, ya que para mí nadie está obligado a dártelo, y, sin embargo, hay mucha gente que te lo da. Pero bueno, eso será materia de otro día.


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