Caminan entre nosotros, respiran, sufren, sienten, perciben y están presentes, sin embargo, llevan consigo historias y sueños que flotan como hojas en un río de indiferencia. Su trabajo se da por hecho, su existencia no.
Los invisibles son como susurros atrapados en el estruendo de un mundo demasiado ruidoso para escucharlos. Brillan en un universo cuya luz está acotada por el margen de lo cercano. Viven cubiertos por un velo impuesto que no les permite brillar, por el simple hecho de ser quienes son.
Ser invisible es como una estrofa olvidada dentro de un concierto ensordecedor, donde las notas resuenan suavemente, pero realmente nadie quiere escucharlas. Es caminar por un mar de rostros y palabras, siendo solamente parte del paisaje.
A pesar de todo, en la invisibilidad siempre hay una lucha sutil, una resistencia silenciosa que clama por reconocimiento, por un momento en el que las voces se transformen en ecos resonantes, en ese instante en el que las existencias sean tejidas en el lienzo de la vida compartida.
Ser invisible no significa ser inexistente; es ser un testimonio de la fuerza que persevera, incluso cuando el mundo parece mirar a través de ellos y hacia otro lado.


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